Entrevista a Marcelo Zabaloy, traductor de James Joyce

Por Guillermo Gaxiola

Y no se le escapa ahora que muchos de los
que encuentran Ulysses insoportable ni
siquiera se han molestado en pasar de la
primera página de un libro sobre el que dan
por sentado que es plúmbeo, complicado,
extranjero, falto de «la castiza y proverbial
gracia hispana».
Dublinesca
Enrique Vila-Matas

But the language which is more important
to us is that which struggling to digest and
express new objects, new groups of objects,
new feelings, new aspects, as, for instance,
the prose of Mr. James Joyce…
Swinburne as poet
T. S. Eliot


A Joyce se le han imputado tres pecados que son parte de un mismo truco: el uso del lenguaje a través del juego y la invención, su ilegibilidad, y la obsesión con la forma más que con el tema. Sus críticos no han sido menores: entre ellos se encuentran Borges, Woolf, Shaw y, tardíamente, Pound. A continuación pretendo rescatar brevemente sus méritos, a la vez que justificar esta breve entrevista a Marcelo Zabaloy, el último traductor del Ulises y el primero que íntegramente tradujo el Finnegans Wake al español.

book-jamesjoyce-splsh1El uso del lenguaje y la atención a la palabra en Joyce son transgresores. Ésta, a diferencia de otras novelas de su época, tiene un papel central. La función e invención verbal en la obra del irlandés opera de manera distinta que en sus precursores. Tanto las conexiones verbales como la sonoridad de éstas ejercen en el lector un nuevo paradigma de lectura. Yeats, cuando sólo había leído dos capítulos del Ulysses en la Little Review, afirmó a un amigo: “Es algo [el Ulysses] completamente nuevo. No es lo que ve el ojo ni lo que oye la oreja, sino lo que piensa e imagina la mente al divagar continuamente” (Cf. Ellmann: James Joyce, p. 590). En el Ulysses, el sonido y la estructura gramatical funcionan de manera descriptiva: a partir de Joyce, la parte muerta de lo dicho (o lo no dicho) se levanta formando escenas e imágenes que sólo se logran por medio de recursos verbales. Así, tal como en la poesía, en el Ulysses la palabra y su posición en la oración son esenciales para que la novela se lleve a buen puerto. El recurso literario utilizado por Joyce, a saber, el fluir de la conciencia, permite, como afirma Richard Ellmann (cf. op. cit., p. 398), que los lectores penetren en la mente de un personaje sin que el autor ejerza su papel de carabina. Las imágenes sutiles sólo pueden despertarse por medio de una palabra que funciona como un pinchazo al entendimiento; en Joyce el pensamiento es imagen cantada por guiños a la inteligencia, que van desde Homero, pasando por la historia de Irlanda, y que desembocan en la vida del propio Joyce. Todo está ahí porque todo se justifica. El 16 de junio de 1904 todo se comunica en Dublín: es la gran sincronización joyceana, diría Nabokov.

Tal vez otro gran mérito consista en que no hay héroes en el Ulysses. Leopold Bloom es un personaje sin atributos extraordinarios: su mujer le es infiel, su relación con su hija es tradicional y medianamente tirante, es un publicista de Dublín sin éxito considerable. Es, en pocas palabras, un hombre común. El mundo que aparece en Ulysses es, más que un sitio habitado por fantasías o situaciones extraordinarias, la cotidianidad absoluta de Dublín: con sus tabernas, sus fantasmas y tugurios, sus pequeñas muertes, sus infidelidades y las derrotas del día a día. Nada y todo es digno de mención. Ninguno se salva de este no-pasa-nada; ni Stephen ni Molly: ambos, desde sus vidas, se saben condenados a una vida de no-novela. Joyce muestra que la intensidad del pensamiento puede encontrarse en una sucesión de hechos ordinarios; un pobre aspirante a artista, un publicista cornudo y una cantante infiel, elevan a grado mítico su día aciago. Una crítica anónima aparecida en el Times Literary Suplemente afirmaba que el tema del Ulysses no era muy “distinguido”, a lo que Joyce comentó: “Hasta los grandes ingleses siguen necesitando un lord en la literatura” (Cf. Ellmann, op. cit., 459). He ahí lo atrayente: no se necesitan señoras burguesas frustradas por un amor adolescente, ni personajes atormentados con ansia de genialidad para decirnos algo sobre la vida. Una mujer ignorante que divaga torpemente a las 2 de la mañana y que dice “sí a la vida”, puede resultar más sugestiva, interesante y profunda, que una snob en Londres cuyo único fin es dar una fiesta que complazca a sus invitados. La historia, las grandes historias, quedan aquí desplazadas y la atención se centra en el “cómo”; sin embargo, el “qué” aparece, gracias a la maestría de Joyce, tenue pero firmemente en las páginas del Ulysses.

Además de esto, la grandeza de James Joyce radica, también, en la vital influencia que ejerció al mundo de las letras: nada fue igual en la literatura desde que apareció el Ulysses. Por ello, una nueva traducción (y las que hagan falta) será siempre bienvenida. El trabajo de Marcelo Zabaloy, junto con la colaboración de Edgardo Russo (Q. E. P. D), es, por lo demás, ejemplar: se nos indica por medio de notas bien documentadas cada guiño histórico y literario de Joyce; se respetan los juegos de lenguaje importantes y se evita castellanizar lo innecesario. El mérito tal vez más valioso, y consecuencia de las dos astucias anteriores de Zabaloy y compañía, es que el Ulysses se ha vuelto totalmente legible y accesible en lengua castellana. Espero que la siguiente entrevista pueda reflejar, así sea pálidamente, la importancia de una traducción y el proceso de ésta en novelas como el Ulysses y el Finnegans Wake.

ulises finnegans

Guillermo Gaxiola: Antes de su trabajo contábamos con tres traducciones al español del Ulysses: la de Subirat, compatriota suyo, y las de los españoles José María Valverde, y García Tortosa en colaboración con Venegas Lagüéns, ¿qué le impulsó a llevar a cabo una cuarta traducción del Ulysses?

Marcelo Zabaloy (MZ): Quise leer Ulises en inglés, no por desdeñar las traducciones existentes sino por el sólo gusto de hacerlo. En un momento dado, en el episodio 17 (Ítaca) me encontré con un párrafo deslumbrante y quise leérselo en voz alta a mi mujer; la lectura no me convenció y le dije que en un rato lo traduciría –no iba a ir a comprar una de las ediciones en castellano para leer sólo un párrafo– y que ya iba a ver lo bello que era. El rato fueron varias horas; el párrafo era el de las afinidades que existían, para Bloom, entre la luna y la mujer; después seguí con otro párrafo y después con la hoja siguiente y ya no pude parar.

GG: En otras entrevistas ha declarado que no es un traductor profesional y que sólo es un lector aficionado, sin embargo ¿había elaborado otras traducciones antes de enfrentarse a Joyce?

MZ: Ya me han llamado la atención por decir eso porque parece que me quiero vanagloriar de ser un simple aficionado que hace una especie de proeza. No tengo título de traductor, eso es lo único que quiero decir para no incurrir en la usurpación de títulos como podría hacerlo un curandero que se haga llamar médico. He leído desde que aprendí a leer y casi todo lo que leí de autores angloparlantes y francófonos (¿o francoparlantes, o simplemente tipos que escriben en francés?) lo hice en el idioma original. Y sí traduje de todo, para mi propio uso: manuales técnicos de computadoras y de programación, manuales de entrenamiento de rugby, cuentos y esas cosas. Pero siempre fueron textos que necesitaba para mis cosas. Los cuentos los traducía porque me ayudaban a escribir mejor.

GG: ¿Cómo fue el proceso de traducción de Joyce y cómo se diferenció de otras traducciones?

MZ: Cuando me di cuenta de que lo de la traducción era inevitable empecé a comprar y leer tratados sobre el Ulises (la biografía de Ellmann, los libros de Stuart Gilbert, el Ulysses Annotated de Gifford, y muchos más), con lo cual la lectura se enriquecía de manera exponencial, y esto me producía una gran satisfacción. Era como estudiar en la facultad una materia que a uno le gusta, usar la biblioteca, leer libros sobre el tema y todo eso. Nunca leí otras traducciones; mi interés no era competir, ni comparar ni nada de eso. Era mi lectura, y lo que escribía lo corroboraba con la versión francesa de Auguste Morel, Valery Larbaud, Stuart Gilbert y nada menos que la supervisión de James Joyce. ¿Para qué iría a ver lo que otros traductores pusieron en tal o cual lugar? Las diferencias y las similitudes surgirán de las eventuales críticas que algún día alguien va a tomarse el trabajo de hacer. Pero esas críticas, esas lecturas, son casi siempre el fruto de trabajos por encargo, mal remunerado y realizado a contrarreloj, y se basan en cotejar algunas páginas al azar entre las cuatro o cinco traducciones disponibles. Para el crítico generalmente todos los traductores están equivocados y él lo hubiera hecho mejor; pero él critica; ése es su hacer. Allá él.

GG: Dice Alfonso Reyes que cuando tradujo a Chesterton comparó su trabajo con versiones francesas. Notó, dice, que la lengua francesa se apoderaba, en cierta medida, del original y que la “aseaba” y “peinaba” para, en la medida de lo posible, pulirla. ¿Cree usted que el lenguaje porteño haya podido realizar esta labor de limpieza con el Ulysses?

MZ: El francés es un idioma tan bello como el castellano; tan hermoso como el inglés, tan maravilloso como cualquier lengua conocida o desconocida. Supongo que como pasa en todas partes habrá buenas y malas traducciones al francés. En el caso del Ulises, la primera traducción a cualquier lengua fue hecha en francés; y el autor estaba allí, vivía allí, hablaba la lengua y los traductores eran escritores brillantes; era como si la primera traducción hubiese sido hecha en Buenos Aires porque Joyce, como Gombrowicz, hubiera quedado anclado en Buenos Aires, y el equipo de traductores hubiese estado integrado por Borges, Bioy Casares y Julio Cortázar. No sé si se hubieran puesto de acuerdo, pero si lo lograban hubiera sido una maravilla. Y estuvieron a punto de hacerlo, sin Joyce, claro; pero estuvieron un año reuniéndose Borges y sus amigos para formar un comité mientras Salas Subirat traducía en silencio. Después, cuándo no, se dedicaron a vituperar el trabajo de Salas Subirat, mi querido compatriota cuyo Ulises jamás he hojeado (como él nunca leerá el mío).

GG: Al ir adentrándose en la traducción, ¿qué hallazgos encontró en Joyce que a uno como lector le pueden pasar desapercibidos y que son difíciles de capturar?

En el episodio de las “Rocas Errantes”, uno –al menos a mí me ha sucedido– se maravilla con la narración de eventos simultáneos que ya se han visto en capítulos anteriores o que cobrarán sentido al seguir leyendo. Lo mismo pasa con la obertura en sentido musical de “Sirenas”, donde nada parece tener sentido durante casi dos páginas y al rato uno se encuentra leyendo una oración que le resulta familiar. Es que los fragmentos antes leídos eran fragmentos de esta oración. Y entonces el lector revive porque ve que su esfuerzo ha sido discretamente recompensado; en Joyce no hay obviedades, todo tiene que ganárselo uno a la pereza. Todo en Joyce es trabajoso; en una primera lectura casi todo pasa desapercibido; las sucesivas lecturas y relecturas descubren un libro detrás de otro. La lectura lineal y fácil es imposible con un texto que no es lineal, ni fácil.

GG: A pesar del Les lauriers sont coupés de Dujardin, la crítica coincide en que es James Joyce quien inaugura el estilo literario denominado fluir de la conciencia. Figuras como Woolf, Lowry y Faulkner se alimentaron bastante de ella, ¿ha pensado en adentrarse como traductor en Yoknapatawpha, en Cuauhnáhuac o en el laberíntico Londres?

Tengo cincuenta y nueve años y nunca trabajé en relación de dependencia. Por supuesto que he tenido que cumplir con plazos y contraer obligaciones para poder vivir y alimentar a mi familia. Pero no creo que pueda resistir la amenaza de un contrato de traducción, la angustia de una fecha que se vence y esas cosas. Podría, si quisiera, traducir cualquier texto que me guste mucho; no podría traducir algo aburrido o que me parezca aburrido, o que no tenga ganas de comprender. Llegado el caso vería qué hago.

GG: En su estudio sobre Joyce, Vladimir Nabokov analiza el monólogo de Molly y sugiere que el fluir de la conciencia es un estilo más de la literatura: ni más complejo ni con más particularidades que otros. Sin embargo, ¿considera que en el trabajo de traducción un estilo como el joyceano requiera más habilidades o esfuerzo que otros?

Hace dos meses leí Pale Fire y Lolita. Nabokov es extraordinario y no puedo atreverme a disentir con él. No me parece que sea un estilo sencillo. Para traducir el monólogo de Molly Bloom hice lo siguiente: me compré la grabación de Marcella Riordan que viene en dos CDs. Mientras la escuchaba iba poniendo comas en el libro; después lo traduje, y mientras lo traducía, iba leyendo en voz alta los distintos fragmentos. Son cuarenta páginas en ocho párrafos sin puntos ni comas. Pero estrictamente hablando no es difícil. A veces me sucede que quiero leer algún ensayo sobre algo y no entiendo absolutamente nada; y no es Joyce ni es Finnegans Wake. Todo depende del interés y los conocimientos previos que uno tenga sobre un autor y su obra. No es lo mejor empezar leyendo Finnegans Wake para conocer a Joyce. ¿Pero Pale Fire es fácil? ¿Lolita, es fácil?

GG: Dos de los capítulos más complejos del Ulises son “Wandering Rocks” y “Oxen of the Sun”; el primero por la sincronización y el segundo por el catastrófico final lleno de referencias a Irlanda y la especial ilegibilidad de sus páginas. ¿Fueron estos capítulos retos particulares con respecto al resto de la obra o hubo alguno que le exigió más?

MZ: “Wandering Rocks” me pareció delicioso. Pero no hay un solo episodio de Ulises que no me parezca una maravilla. Con “Oxen of the Sun” tuvimos varias discusiones con el queridísimo Edgardo Russo; Edgardo me decía: “Marcelo, nos van a tirar el libro por la cabeza; no se puede leer”. Se refería al largo párrafo inicial que simboliza el nacimiento de la lengua inglesa siguiendo la sintaxis del latín, es decir sin considerar la estructura gramatical del inglés; se supone que es el inglés en estado embrionario. Entonces yo revisaba y reescribía el texto, pero en un momento le dije: “Edgardo, si te parece retiro el proyecto y seguimos amigos como siempre. Olvídate de Ulises. Si Joyce lo hizo enredado no es para que venga yo a enmendarle la plana. No se puede enderezar; para eso hay que pasarlo a castellano convencional y, ¿cuál sería la gracia?” Y Edgardo me dijo: “tenés razón” –después de discutir un rato–, y seguimos adelante. El final de “Wandering Rocks” es algo parecido a Finnegans Wake. Ahí nos tuvimos que jugar con Edgardo pero ya estábamos de acuerdo en lo esencial y nos divertimos mucho. Nos reíamos de las críticas que nos iban a formular los criticosos. Hay un pasaje que dice más o menos algo así (en castellano correcto) “queridos muchachos, un delator acaba de salir de la cárcel y trabaja de informante para la policía; rompan filas que se viene la patrulla.” Todo esto dicho en un argot del bajo fondo que está claramente explicado en Ulysses Annotated; no es que lo descifré yo. Entonces sustituí un argot por otro y puse araca la cana, puse la yuta puse alcahuete, y no sé cuántas cosas más. ¿Reproches? ¿Opciones? ¿Si hubiera puesto frases de los bajos fondos de Madrid hubiera estado bien? “Oxen of the Sun”, o “Los Bueyes del Sol” fue el más complicado de traducir. “Eumeo” no fue fácil.

GG: Nabokov descarta el trabajo de Stuart Gilbert donde se señala que en cada capítulo predomina un color o un órgano del cuerpo, y asegura que Gilbert no hizo más que caer en una trampa de Joyce; sin embargo, en su traducción encontramos esta tabla en las primeras páginas, ¿cree que en el Ulises existan realmente los señalamientos de Gilbert? Si es así, ¿cómo localizar estas referencias en un texto tan laberíntico y lúdico como el Ulises?

MZ: Tal vez Nabokov tenga razón o tal vez Gilbert la tenga; no tengo la estatura para hacer de árbitro, pero como Gilbert estuvo más cerca de Joyce que Nabokov, me quedo con lo que dice Gilbert que en todo caso pisó la trampa que Joyce quiso que pisase. En cada capítulo, si uno quiere buscarlos, hay símbolos. Si uno quiere ignorarlos o darles otros significado, los mismos símbolos sirven. ¿Cómo localizar los símbolos? La tabla sirve, no tengo dudas. No es un adorno ni una pretensión pedante. Yo nunca la usé ni me preocupé de los paralelos con La Odisea en una primera lectura. Pero al revisar una y mil veces la traducción, aproximé las palabras clave de cada capítulo, en lo posible, con la clave o el signo, el color, el órgano o el arte que supuestamente domina el episodio.

GG: El Cuenco de Plata ha publicado, en el Bloomsday 2016, lo que podría considerarse el lanzamiento del año en lengua castellana: el Finnegans Wake. Al castellano sólo se conocen tres intentos célebres de traducción: el del escritor mexicano Salvador Elizondo, que avanzó sólo un par de páginas, el del poeta Víctor Pozanco, y el de Francisco García Tortosa, quien tradujo el capítulo “Anna Livia Plurabelle”. En los últimos meses, Juan Díaz Victoria, poeta mexicano, ha venido trabajando en una traducción del Finnegans. ¿Conoció algunas de estas versiones antes de comenzar con la traducción?

MZ: La de Víctor Pozanco no la he leído aunque sé que la han maltratado como probablemente maltratarán ésta y las que sigan saliendo. No me extrañaría en absoluto que un crítico haya emitido su veredicto y que esto haya producido una reacción en cadena de haraganes que sin leer se suman al coro. Tampoco leí la de García Tortosa. Juan Díaz Victoria trabaja desde hace años en Finnegans Wake y ha traducido los primeros dos libros, es decir doce capítulos. Hemos comparado nuestras versiones del capítulo diez y cada uno tiene sus razones para elegir esta o aquella palabra. No se pueden comparar dos traducciones de Finnegans Wake. Ahí están. Juan está anotando cada palabra de Finnegans Wake y eso es una tarea descomunal que requiere el apoyo de las editoriales. Es todo lo que necesita.

GG: ¿Qué diferencias encontró entre traducir el Finnegans y traducir el Ulises?

MZ: Creo que para traducir Finnegans Wake me ayudó haber traducido primero Ulises. Las diferencias están dadas por el texto de uno y de otro. Finnegans Wake obliga a ponerse en una situación mental absolutamente despegada de lo convencional. Uno no puede razonar de manera lineal, es necesario vencer la resistencia que genera el hábito de la prosa cotidiana, accesible, clara. El desafío fue conservar, sin aumentarla ni disminuirla, la sorpresa del lector que lee en la lengua original. Si las palabras vienen abolladas de origen no tiene sentido enderezarlas; otra vez mi modelo fue la maravillosa traducción al francés escrita por Hervé Michel, Veillée Pinouilles, que nada tiene que ver con la versión oficial bendecida por Gallimard, escrita por Philippe Lavergne. La paginación de Finnegans Wake del Cuenco de Plata sigue la paginación de la edición original de Faber and Faber. Es decir que a cada página del original le corresponde una página en castellano; esto permite al lector ir cotejando los dos textos si lo desea. La tarea editorial de Pablo Hernández y la revisión meticulosa de Eugenio Conchez han hecho posible llevar a cabo esta traducción; sin ellos dos y sin Hervé Michel, yo no hubiera podido hacerla.

GG: ¿Tiene dirección el Finnegans Wake?

MZ: Si no la tuviera sería imposible de leer, ni hablemos de traducir. Joyce mismo alentó y participó en la traducción parcial del capítulo ocho “Anna Livia Plurabelle”, razón por la cual muchos se le animaron. Las críticas que recibió el libro ni bien apareció fueron feroces; incluso sus amigos más fieles como Ezra Pound lo negaron como un despropósito. Tiene dirección, tiene infinitas historias todas ligeramente distorsionadas y muchas veces la misma historia vuelta a contar una y otra vez, de tal manera que aunque las palabras sean oscuras el ritmo de la lectura las descubre; es como si uno escuchara una marcha militar o un tango con los compases y las letras alterados. En medio de párrafos oscuros hay textos de una claridad y una belleza que no hay en ninguna otra cosa que haya leído. Se parece muchísimo a lo que experimentamos durante el sueño; a esos diálogos deliciosos que no podemos recuperar en la vigilia; a esas caras bellas desconocidas; a esos lugares que son París pero no son París porque hay una montaña con nieve y una playa sin sol. Finnegans Wake es Finnegans Wake; resiste las explicaciones. O mejor dicho, un chiste explicado no es un chiste.