Con divisa verde y oro. Desmontando algunos argumentos contra el toreo

Por Jesús Zamora Bonilla[1]

imagen_002
Gil Garea. De la serie “Toros”.

1. MATAR UN ANIMAL NO ES UN MAL PARA ÉL

Los animales (tal vez con la excepción de los elefantes) no son conscientes de que pueden morir, ni parece que sean capaces de comprender siquiera la noción de estar muerto. Ellos sufren por el dolor o el estrés, pero, al contrario que los humanos, no añaden al sufrimiento de estar experimentando un dolor, la agonía que sentimos los humanos al pensar que ese dolor puede conducirnos a la muerte. Una muerte súbita e indolora no representa, por lo tanto, ningún “mal” desde el punto de vista del animal que muere. Y el hecho de morir al final de un proceso doloroso no representa absolutamente ningún mal “añadido” al del dolor experimentado en el proceso.

¿Qué consecuencias sacar de esta tesis?

Con respecto a la fiesta de los toros, una muy importante. Imaginemos que las corridas no terminaran con la muerte del toro, sino que, tras las banderillas, el picado y los pases, cada toro fuese devuelto a su dehesa, a retozar tranquilamente como había hecho durante los cinco o seis años anteriores. La experiencia con numerosos toros indultados (antes sobrevivían menos, por la infección de las heridas, pero ahora se les trata enseguida con antibióticos), que se valoran como los mejores sementales, muestra que les quedan pocas o ninguna secuela (de hecho, seguramente para el toro produce mucha más ansiedad psicológica la experiencia de ser transportado en camión que la pelea en la plaza: para lo segundo, su sistema cognitivo está preparado con la respuesta oportuna -el ataque-, mientras que para lo primero, no). Si esto fuese lo habitual, no nos parecería que el toro que ha sido toreado es un animal que, en general, ha recibido un trato cruel, en comparación con la vida y la muerte de otros animales (p. ej., el pescado, que muere por asfixia; las serpientes que se comen en china y que se pelan vivas; los tiburones a los que se cortan las aletas y se devuelven al mar; los piojos a los que intoxicamos con venenos; etc.).

Es decir, gran parte del rechazo visceral (ciertamente, no todo) que experimentan los críticos de la fiesta ante el trato que reciben los toros se debe al hecho de que el toro muere. Pero esto, como digo, no es un mal para el toro, al contrario que las otras causas de sufrimiento que se le infligen, pero que, si no acabaran en la muerte, seguramente no se considerarían tan graves.

Por supuesto, el argumento sirve, aún más que para la defensa del toreo, para la defensa del sacrificio de animales con fines económicos (alimentación, vestido, etc.): el hecho de que los animales mueran para aprovechar su carne y su piel no es un mal para los animales. Lo que sí es un mal es el sufrimiento que se les causa antes de su muerte; así pues, en la medida en que se evite dicho sufrimiento, el consumo de animales no será moralmente condenable.

[Para leer el texto completo, te invitamos a adquirir la versión impresa de la revista. Escríbenos para mayores informes.]

[1] UNED, Madrid. Una versión anterior de este texto fue apareciendo en el blog A bordo del Otto Neurath. Para contactar con el autor: jpzb@fsof.uned.es