Del cine como didáctica de la filosofía

Por Manuel Mejía Murga[1]

En el prólogo a la primera edición de la Crítica de la razón pura de 1781, Immanuel Kant, el  viejo pero aún lúcido filósofo de Königsberg,  se disculpaba por no poder haber ilustrado suficientemente sus ideas a través de ejemplos. El punto de vista popular, comentaba, sólo engrosaría aún más la obra que entregaba a la imprenta. Dicho punto de vista popular, se supone, es aquel que requiere de ejemplos o imágenes para entender un concepto. El filósofo alemán pensaba que pocos ejemplos eran suficientes para dar a conocer una idea  abstracta al público especializado.

Casi doscientos años después, en 1988, el cineasta ruso Andrei Tarkvosky entregó a la imprenta, no a la casa productora, las páginas del libro que en español conocemos como Esculpir en el tiempo. Con este libro, Tarkovsky intentó explicar con claridad, al gran público que así lo exigía, lo que en las imágenes de sus películas no había logrado: su filosofía. Para el ruso el cine era la forma más perfecta de expresión de las ideas; el cine, pues, podía ser un vehículo para expresar una visión del mundo.

¿Qué lleva a un filósofo a recurrir a las imágenes para expresar lo que en palabras no pudo explicar y qué lleva a un cineasta a buscar las palabras  para explicar lo que en imágenes no pudo expresar?

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[1] Licenciado en Filosofía y maestro en Estudios Filosóficos por la Universidad de Guadalajara. Profesor del Tecnológico de Monterrey campus Guadalajara, en materias de humanidades y ciencias sociales. Ha sido co-autor en los libros: Reflexión ética (2011); y Dos paradigmas para estudiar la conflictividad social (2014).