Naturalis musicae

Por Miguel Ángel Jáuregui[1]

-Día primero del séptimo año.

Bajo un frío Do, a doce grados de grosor en la planicie de una clave de sol centigradeada me encontraba; la música era muy fría en ese lugar, sobre todo cuando estás a doce grados bajo sol.
En estos lados, no mucho tiempo atrás, navegaron grandes y fieros músicos, con una ocarina en una mano y un libro en la otra; les llamaban hiperbóreos por siempre viajar al último norte de la gran partitura.

-Día quinto del viaje:
En ocasiones, cuando rozo ligeramente el último océano de la partitura, alcanzo a distinguir un poco de esa música tan grave y fría, esa música que se aleja del sol, es escalofriante.
Hay personas que dicen que cuando dejas de sentir el sonido, eso, el sonido, deja de ser música. Otros, herejes, dicen que la música es totalmente creación del hombre y que desde hace milenios la humanidad ha creado distintos sistemas musicales y que por ello la música sería relativa. Inclusive hay otros aún más alocados, hablan… hablan de que todo está hecho de materia y que las vibraciones le dan forma a todo, “¡las vibraciones están en todas partes!”, gritan, “¡y por lo tanto todo es música, hasta nosotros mismos!”.

-Día séptimo:
Aún recuerdo el bello y cálido sonido de mi villa al lado del lago triada y su bello panorama primaveral en Fa a ocho grados sobre sol; pero el dios occidental me ha llamado a cumplir esta misión, y la cumpliré.
Ningún primavereño ha viajado hasta el último océano, pero hoy, yo, Sir Míkjáll Jónssón, me encuentro en la entrada del mismo, mi orquesta y yo nos aventuraremos en él, y volveremos a salvo con nuestras mujeres e hijos para contarles de nuestras proezas.

-Día quince y último del viaje:
¡He fallado! Sabía que desde que aparecieron esas sirenas con arpas nada funcionaría. Justo después de haber sonado las trompetas de la entrada, el ambiente comenzó a engrosar de sobremanera; al caminar me escuchaba cual gigante pisando con botas de hierro. La música comenzó a correr, pero no eran las gélidas fugatas lo que atormentaba a mis atrilistas, sino, más bien, el ejército de sirenas que se acercaban. “¡Toquen más rápido!” les grité, y efectivamente nuestro barco iba a toda velocidad pero las bestias marinas nos perseguían y nos estaban alcanzando; los metales se quedaron pegados y sin aliento, los arcos comenzaron a congelarse y lo único que quedó fueron los estériles tambores, pero ya no quedaba más a quién animar.
El sonido ambiental ya no se distinguía, la tripulación no pudo conservar su equilibrio, todo era un caos, era como un rebaño de ovejas desorientadas en la tundra, sin más. Mientras escribía éstas, mis últimas letras, mis oídos tronaron y la sangre comenzó a escurrir.

No sé quiénes tenían razón, si los escépticos, los herejes o los lunáticos, pero, lo que sí sé, es que nunca volveré a escuchar la dulce música de la naturaleza, que no volveré a casa con mis hijos y mi esposa y que el misterio del frío seguirá encriptado aún. ♦


[1] Estudiante de la licenciatura en filosofía de la Universidad de Guadalajara. Con intereses en temáticas propias de: filosofía de la ciencia, filosofía del lenguaje, filosofía de la música, entre otros.