Máximas y reflexiones

o, si se quiere, aforismos, tomados con permiso de los muchos cuadernos de Truman Carter[1]

1.

El método científico ha sido seguido por los hombres desde siempre. Podríamos decir, parafraseando a Durkheim, que “la ciencia y el método científico no datan ni de nuestros días ni de Galileo ni de Newton ni de la experimentación del descubrimiento del sistema solar o la ley de la gravitación universal”, y concluir la paráfrasis como la concluye el mismo autor: “la ciencia y el método científico son fenómenos que no comienzan en parte alguna, sino que se desarrollan sin pausa a todo lo largo de la historia”.

¿Significa eso que los científicos siempre siguen ese método a ciegas, aun contra sus intuiciones personales? No; a veces hacen trampa y manipulan la opinión de sus allegados y colegas y sobre todo la opinión pública. ¿Significa eso que, cuando lo hacen, el resultado siempre es desastroso desde el punto de vista epistemológico? Tampoco; a veces sus intuiciones son correctas, por más que los resultados de las observaciones y los experimentos la pongan en cuestión. El método científico, que no es en rigor sino una trivialidad, no es ni infalible ni todopoderoso. Es simplemente lo mejor que tenemos cuando estamos tratando de averiguar cómo es el mundo.

Por lo demás, el método científico (in nuce: abducción pergeñadora de conjeturas, deducción cuidadosa de posibles observaciones, comparación con la realidad observada tratando de controlar variables que confunden, aceptación provisional de los hallazgos, utilización de modelos y teorías previos que han funcionado bien en el pasado) depende para su funcionamiento de supuestos meta-científicos que son en gran medida actos de fe generados y sostenidos por peculiaridades de nuestro aparato cognitivo. Cuando un científico se las da de filósofo y enristra esos supuestos como si fueran verdades incólumes y además demostradas taxativamente por el método científico, el espectáculo es patético y lamentable.

Otro tanto vale de los filósofos cuando traspasan los límites de su misión: pensar sobre las cosas más grandes y comunicar sus resultados con humildad y sin pretender que han demostrado nada. Con todo no hay que olvidar esto otro: hay muchísimas acciones, de hecho la inmensa mayoría, que los seres humanos emprendemos con base en creencias, sentimientos y deseos que tienen poco o nada que ver ni con la ciencia ni con la filosofía.

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[1] De músico, poeta y loco todos tenemos un poco; pero creemos que Truman Carter tiene más de las tres cosas que lo usual. Si es que existe algo así como la investigación filosófica (hipótesis a lo menos arriesgada), Truman es un investigador independiente, situado en algún lugar de Ohio; pero no ejerce esta ocupación ni en aulas académicas ni en salas de congreso: prefiere los bares, las playas y otros lugares de reputación clara y distinta. Una vez le preguntamos qué pensaba del dicho de Whitehead, según el cual la manera más segura de caracterizar la filosofía tradicional era como una serie de notas a pie de página a los textos de Platón. “Demasiado optimista”, replicó, “no veo que nadie haya completado una siquiera de tales notas.”