La paradoja de la cura ficcional

Por Guillermo Gaxiola[1] / Luis Enrique Cordero Briones[1] 

Lo literario es un ejercicio de la mente anterior, en principio, a la literatura. Puede o no cristalizar en literatura. El mismo viento puede hinchar varias velas: ya empuja la barca de la verdadera obra literaria, ya la de otras barcas, o bien se mantiene en un estado atmosférico y abstracto. No sólo los literatos, no sólo los creadores no literarios: toda mente humana opera literariamente sin saberlo.

El Deslinde
Alfonso Reyes

Pocas veces sucede que las novelas se nos revelen, así sea medianamente, por medio de su título. Pienso, por ejemplo, en aquellos que sólo dicen sus personajes centrales: Madame Bovary, Foe, Peer Gynt u Orlando. Otros, los más de ellos, resumen en cierta medida, y con un toque de misterio, algún detalle metafórico en la obra: Corazón en las tinieblas, Cumbres Borrascosas, Opus Nigrum, etc. Otros tipos de títulos son, me parece, más directos y expresan lo qué habrá en medio de las páginas. De este tipo es la novela que a continuación presentamos. El Nobel sudafricano J. M. Coetzee escribe en 1999 Desgracia, una novela que nos servirá, por lo pronto, de guía para llegar a puertos filosóficos.

Desgracia transcurre en Sudáfrica y cuenta la vida de un profesor universitario, David Lurie. A los 52 años, Lurie no tiene mayores expectativas en su vida. Tiene un éxito y reputación medianamente moderados en los círculos intelectuales de la ciudad. Ha publicado dos obras y tiene un proyecto de un tercer libro sobre Byron; tiene una hija, Lucy, que vive en una casa de campo acompañada de un capataz que hace las veces de conserje, Petrus. Uno de los placeres de David es el sexo, no importa si es con prostitutas o con alumnas: da lo mismo. Después de algo más que un desliz con una alumna, su vida da un giro drástico. Se le impugnan cargos de acoso sexual y  abuso de poder. Recibe una visita y reprimendas de la pareja de la joven alumna y del padre de la misma. David, quien cree haber sentido un último soplo de amor, se siente derrotado desde la primera acusación y se defiende con lo más básico del hombre: el deseo. No intenta dar una apología de los impulsos, no obstante siente la necesidad de mostrar que la naturaleza es poderosa. Miente a sus acusadores: no sólo es naturaleza, sino también anhelo o esperanza de un último goce espiritual con una mujer. Su vida académica se desploma; hay un escándalo en la ciudad.

Se aleja de la vida universitaria. Este hecho no da comienzo a la desgracia, la alarga. Visita a su hija Lucy. La vida rural no le apasiona y cree que las penas no pueden agrandarse. Se equivoca. A pocos días de su arribo él y su hija sufren un atentado en su propia casa: les roban, violan a Lucy; los ladrones, no conformes, intentan quemar vivo a David. El atraco deja una honda huella en ambos y hace tirante la relación padre-hija. Se abre el infierno. Él no logra comprender del todo las actitudes rurales, siente que existen ciertas emociones que le son ajenas; por su parte Lucy siente que sólo le queda la dignidad de no dejar escapar sus sueños, no quiere entregarse en espíritu y se niega a abandonar su hogar y sus negocios. Uno de los ladrones es conocido de Petrus pero, ante la sorpresa de David, Lucy no quiere denunciarle.

David, cansado de la reticencia de su hija, da un último intento para recomponer su camino. Regresa a la ciudad. En el camino decide visitar a los padres de su ex alumna sólo para ser humillado. Al arribar a su casa se da cuenta que le han forzado las cerraduras para hurtar sus pertenencias. Y sigue así…

Las peripecias de Lurie son desconcertantes, tristes, agobiantes. El lector, al menos en mi caso, al irse enterando de cada hecho, se desconcierta, se preocupa y, en ocasiones, se entristece. Los hechos de la novela nos ponen en situaciones complejas y difíciles, sin embargo, todo lo ahí dicho es falso: no existe ni David Lurie, ni ese personaje da clases en una universidad sudafricana, tampoco tiene una hija que fue violada, etc. Lo problemático de todo esto es la respuesta que tengo yo como lector.

El fenómeno del que hablamos puede confundir a quienes no consumen ficción. A éstos les desconcierta que una serie de mentiras pongan a quienes sí lo hacen, en estados emocionales. En Una Historia de la Lectura de Alberto Manguel (2011), el autor, citando un escrito de la escritora Collette, nos da un ejemplo de una no consumidora de ficción, la madre de Collette:

Tantas complicaciones, tanto amor apasionado en esas novelas, le dice a su hija. En la vida real las personas tienen otras cosas en la cabeza. Puedes comprobarlo tú misma: ¿alguna vez me has oído quejarme y lloriquear por amor como las personas de esos libros? Y, sin embargo, tengo derecho a un capítulo, diría yo, ¡con dos maridos y cuatro hijos!

(Manguel: 2011: 244)

También Dostoievski, en los Hermanos Karamazov, ejemplifica al no consumidor con el abominable Smerdiakov. Cuando Fiódor Pavovlich Karamazov, otro detestable personaje, le sugiere leer a Tolstoi para que deje de andar vagando sin rumbo por el jardín y tenga un poco de criterio sobre la vida, el bastardo le dice: “Aquí sólo se habla de cosas que no son verdad” (2013: 211). En este tipo de casos, es necesario decir que, tanto Smerdiakov como la madre de Collette, no entienden el fenómeno de la literatura ni de la ficción; a pesar de que la literatura lleva a cuestas la carga valorativa de “mentiras”, el fenómeno que nos ocupamos demuestra que, al menos, éstas pueden generar estados anímicos complejos y reales.

Ahora bien, antes de avanzar, quisiera hacer dos aclaraciones generales que permitan entender de manera correcta el por qué esto representa un problema que requiere aclaración filosófica. Lo primero será exponer de forma general lo desconcertante de la relación lector-novela (o cualquier clase de ficción). En segundo término, dos consecuencias que provee el problema.

Tal como hemos dicho, el lector de ficción padece una serie de emociones por algo en lo que no cree. Las vicisitudes de David Lurie generan una serie de sensaciones: creo que es injusto que le expulsen de la universidad en la que labora; me conmueve su justificación ante las acusaciones de acoso sexual pues cree haber podido amar por una última vez; me parece un hombre honesto, etc. Todo esto me provoca una preocupación y deseo que se solucione su vida catastrófica. Una vez más, sé, como lector, que estoy ante una serie de mentiras contadas de cierta manera. Ahora bien, ¿por qué es un problema que me preocupe por algo que no existe? Esta preocupación, este “ocuparme de”, este “atender a”, tiene un problema de orden lógico. En su versión tradicional el fenómeno consta de tres proposiciones que no pueden convivir todas al mismo tiempo (un conjunto de proposiciones inconsistentes). Veamos:

  1. Me preocupa lo que le pase a David Lurie.
  2. Para que me preocupe por alguien debo creer que es una persona real.
  3. No creo que David Lurie sea una persona real.

El problema radica en la convivencia entre las proposiciones. Si acepto 1 y 2, entonces 3 es falsa; si acepto 2 y 3, 1 es falsa; si acepto 1 y 3, entonces la proposición 2 es falsa. Esto constituye una paradoja. Por ejemplo, si queremos eliminar una de sus proposiciones, no existiría la paradoja pero tampoco abarcaría el problema que en ella habita.

Sobre este fenómeno se ha ocupado el filósofo Gregory Currie en su artículo “The Paradox of Caring: Fiction and the Philosophy of Mind” (1997). En él denomina a este problema ficcional “the paradox of caring”. En este escrito y a falta de una mejor traducción, la llamaremos “la paradoja de la cura ficcional”[3]. Antes de adentrarnos en la estrategia y modo en que Currie despliega su respuesta respecto a la paradoja, es necesario presentar dos particularidades en las que ésta se compone.

En general, hay dos problemas respecto a la actitud frente a la ficción. La primera se ha dejado entrever arriba: ¿por qué me importa el destino de un personaje que no existe? Este problema se puede denominar como “el problema de la creencia” porque se construye de manera similar al de la paradoja: no creo que X sea real, pero me preocupa. En Desgracia, y en otras tantas novelas, ocurre precisamente esto: al enterarse de los sucesos y problemas de un personaje, uno puede desear que a éste le vaya bien o, si es un villano, que reciba un castigo, etc. y sin embargo, el lector no cree que sea real lo que lee.

El otro problema es el problema la personalidad. Al enfrentarnos a una novela encontramos rostros y personalidades, en ocasiones, extravagantes que en nuestra vida real no nos importarían en absoluto y, además, desearíamos cosas contrarias a lo que, en caso de conocerles, quisiéramos les pasaran. Un ejemplo de esto último es Humbert Humbert de la novela Lolita. Conocer las intimidades de un pedófilo (que lo es), nos conduciría a la repulsión y aversión en la vida real, además que desearíamos que se le castigue y que sus fechorías no se lleven a cabo; no obstante, el caso de Humbert Humbert nos desconcierta porque, en cierta medida, creemos que ama a Dolores Haze, y que, a pesar de sus pasiones, no es un monstruo ni un desalmado. El problema radica en que, en la vida real, mis creencias no son de ese tipo, y además, al leer una novela, éstas no se eliminan ni cambian: sigo creyendo que la pedofilia es reprobable y que a quienes la practican deben castigárseles; sin embargo, en Lolita, no pienso nada de eso acerca de Humbert Humbert. Este problema requiere elucidación filosófica.

Tenemos, pues, que la paradoja de la cura ficcional se despliega en dos enigmas filosóficos: el problema de la creencia y el problema de la personalidad. Hay, como advertimos líneas arriba, una solución a la paradoja, la de Currie. Ahora bien, ésta está anclada a un fenómeno denominado teoría de la mente (ToM) que se refiere a la actividad de atribución mental que realizamos hacia los otros. Detengámonos un momento para explicarlo.

La actividad de atribución mental aparece, día con día, de muchas maneras. Veamos. Un niño, al saberse culpable por hacer una travesura en casa ajena, ve a su madre y ésta, al intentar guardarle la humillación de una reprimenda pública a su hijo, se limita a lanzarle una mirada de relámpago que atraviesa la habitación y se clava en los ojos del niño: sin necesidad de emitir ninguna palabra, el menor entiende “¡ya verás en la casa!”. Una guapa joven, valiéndose de su astucia femenina, ve a un hombre y dibuja una lenta y delicada curva ascendente en sus cejas, al tiempo que deja entrever unos ojos furtivos; el chico determina para sí “es una invitación”. En una calle solitaria, ahíta de noche y acompañada sólo por el ligero baño de luz de una lámpara dispersa, un desdichado ve a lo lejos a un tipo acercarse a grandes zancadas y con una velocidad considerable; al irse reduciendo la distancia entre ambos, el amenazado mira al fin, y con dificultad, un rostro: hay un rictus desconcertante, una quijada tensa y unos ojos flamígeros, surge de pronto un pensamiento: “me hará daño, estoy perdido”. Al final de un corredor hay un hombre sentado. Éste se frota las manos y las pasa por su cabellera entrecana, se levanta, se sienta, mira al cielo, baja la cabeza: todo se repite una y otra vez. Alguien más, medio despistado pero atento, piensa para sí “el pobre hombre pasa por una angustia.” Reconocemos una sonrisa como amable o irónica; advertimos una mirada como afable o furiosa; el tono de voz nos advierte de una reprimenda o de una broma; una mueca nos muestra el desenfado o interés de un interlocutor, etc.

Gracias a estos pequeños ejemplos podemos darnos cuenta de cómo, en situaciones menos extravagantes, adjudicamos a las personas estados mentales que van desde deseos y creencias, hasta sensaciones como el dolor que éstas experimentan. El fenómeno de la TOM, puede dividirse en dos grandes respuestas: la teoría de la teoría y la teoría de la simulación mental. Sin pretender entrar en ellas de manera exhaustiva, sólo baste señalar que la última, la simulación mental, ha recibido especial atención por parte de los filósofos de la literatura.

La simulación mental sugiere que lo que hacemos al adjudicar e interpretar estados mentales de otros, es imaginar dichos estados. Esta operación se realiza de manera “off-line”, esto es, desconectados de las respuestas emotivas de quien interpretamos. El intérprete de estados mentales se coloca a sí mismo en la situación del otro, al tiempo que realiza ajustes para lograr, lo más cercano posible, simular su estado mental. La simulación es, como se dice coloquialmente, “colocarse en los zapatos del otro”.

Ahora bien, ¿cómo funciona la simulación en la ficción? El proceso de empatía es, en palabras de Currie, un proceso que nos permite ponernos a nosotros mismos en los zapatos de alguien más; pero no es sólo eso, sino que, en la ficción, el lector o el consumidor de ficción, toma un rol imaginativo. El rol que tomo al ser empático con un personaje de ficción, consiste no en ser ese personaje, sino que me posiciono en alguien que está enterándose de los sucesos en los cuales el personaje está inscrito. Este proceso es una simulación. El lector hipotético ficcional (hypotethical reader of fact) (Currie, op. Cit., p. 68) (término utilizado por Currie para designar esta actitud del lector) es alguien que está simulando, pero no simula a Eugénie Grandet o al Padre Brown sino a un lector hipotético que se entera de sus vidas y peripecias. Así, la simulación ocurre hacia alguien, lector hipotético de ficción, que simula situaciones.

La primera parte del problema, el de la creencia, puede resolverse con este modelo por lo siguiente: primero, se salva el efecto que las peripecias de David Lurie causa en el lector, es decir, que sí hay preocupación por David Lurie; pero, esa preocupación son estados mentales off-line, esto es, son imaginados. Así, la paradoja de la cura ficcional se resuelve con un lector hipotético ficcional, es decir, (2) es falso porque sí nos preocupa David Lurie, pero es una preocupación imaginada.

Currie sostiene que las emociones generadas por un personaje de ficción no dependen de que yo tenga creencias falsas acerca del personaje o de su situación, sino que los sentimientos hacia un personaje no son productos de mis creencias y deseos, sino de mis estados-imaginados (creencias-imaginadas y deseos-imaginados). Así, las obras literarias, dice el autor, me persuaden o guían para que tome una posición imaginativa, pero no ofreciendo creencias falsas a partir de las cuales pueda tomar la posición.

Ahora bien, referente al problema de la personalidad, ¿qué ocurre? ¿Por qué me preocupo por personajes que en la vida real me parecerían indiferentes o incluso aborrecibles? Al tomar el rol empático se realizan ciertos ajustes en nuestra economía mental. Esto quiere decir que el conjunto de estados mentales tiende a cambiar dependiendo de la personalidad o guías que se ofrecen en una novela. Leer un texto literario invita al lector no a imaginarse a sí mismo leyendo una historia con ciertos temas y sucesos, sino a imaginar a alguien que mira desde cierta perspectiva, la del narrador, que le permite entender y discernir lo narrado. La literatura, y otros casos de ficción como el cine, invitan, a veces de manera nada amable, al lector a adoptar un punto de vista que por lo general no posee y, en ocasiones, le parece totalmente ajeno. Quisiera resumir dos cosas importantes que hemos conseguido siguiendo Currie. La primera es el lector hipotético; la segunda, el punto de vista del lector hipotético.

Como hemos visto, a diferencia de la opinión común, en la ficción no nos vemos a nosotros mismos en estados extravagantes, sino que el lector hipotético genera estados-imaginados que nos posibilitan, por una parte, poder comprender a personajes y simular sus avatares, y, por el otro, generar un punto de vista oportuno para el consumo de la ficción.♦

Bibliografía

Currie, Gregory (1997) “The Paradox of Caring: Fiction and the Philosophy of Mind”, en HJORT Mette y LAVER Sue (1997), Emotion and the Arts, Oxford University Press, New York.

Gaos, José, (1993) Introducción a Ser y Tiempo de Martin Heidegger, FCE, México.

Donstoievski, Fiodor, (2013) Los Hermanos Karamazov, Alianza Editorial, Madrid.

Manguel, Alberto, (2011) Una Historia de la Lectura, Almadía, México.


[1]   Maestro en estudios filosóficos por la Universidad de Guadalajara. Se especializa en la relación entre filosofía y literatura. Autor del libro Borges y el idealismo: un análisis sobre el tiempo (2012), publicado por Ediciones Arlequín.

[2] Licenciado en filosofía y maestro en Estudios Filosóficos por la Universidad de Guadalajara. Profesor de la licenciatura de Estudios Liberales y en la licenciatura de Historia del Arte CUTONALÁ-UdeG, también funge como presidente de las academias de Filosofía y Teorías del Arte del mismo centro universitario de la Universidad de Guadalajara.

[3] El título obedece a tres razones. La primera concierne a su traducción al castellano. Ésta no pueda abarcar toda la complejidad del fenómeno. Si le llamáramos “la paradoja de la preocupación” o “de la atención” o “del interés”, pareciera que estamos hablando de otros problemas filosóficos y no atendemos correctamente al fenómeno aquí expuesto. Segundo, hemos tomado una licencia al usar lo que José Gaos en Introducción a Ser y Tiempo de Martin Heidegger llama “cura”. En el índice de traducciones de dicho libro, Gaos nos dice que el término alemán “Sorge”, utilizado por Heidegger, puede tener, entre otros, unas traducciones como “procurar por”, “preocupación por la propia vida” “cuidado de la vida”, etc. (Gaos, 1993, p. 139). Pues bien, ése sentido de “cura” es el que aplicamos nosotros en la paradoja presentada arriba. Por último, el uso de “Cura” corresponde a un arcaísmo, el diccionario de la RAE dice que “cura” viene del latín “cura”, que puede traducirse como “cuidado”, “solicitud”.