Islas de monólogos sin ecos o poesía a dos voces

Por Guillermo Gaxiola

All time is unredeemable.
What might have been is an abstraction
Remaining a perpetual possibility
Only in a world of speculation.
What might have been and what has been
Point to one end, which is always present.
Footfalls echo in the memory
Down the passage which we did not take
Towards the door we never opened
Into the rose-garden. My words echo
Thus, in your mind.
Four Quartets
T.S. Eliot

We, like sepulchral statues lay;
All day, the same our postures were,
And we said nothing, all the day.
The Ectasy
John Donne

Encallar en blanco

Soy el mejor reflejo: estoy empequeñecido por un óvalo. ¿Cuánto tiempo llevo atrapado en esta mirada? Ya no importa. Frente a ti nazco inmóvil y soy nuevo siempre. Es una lástima lo que pasaría si alguien eliminara la pausa. Me diviso en tus ojos. El verdor que elegimos siempre para adentrarnos en nuestras mentes está afuera. Sé que pasa algo egoísta en nuestros encuentros; quiero decir que yo no digo todo lo que pienso, decir que yo me callo lo que pienso y digo otra cosa que se piensa cubriendo lo primero que pienso. Ese “algo” debe caer siempre ligero, como una pluma, en la realidad tan dura a la que nos enfrentamos. Mi deber es aligerarte la vida y darle alas al mundo. Tú tampoco dices lo que piensas. Lo sé. Quieres saltar con una frase que me atraiga pero callas porque sabes que eres tonta; no me sorprendes ya. Tienes a la belleza de tu lado. Tienes a tu lado esa naricita de promontorio que ahora se asoma borrosa desde abajo; tus labios hoy para siempre entreabiertos y que muestran dos límpidos dientes; dientes blancos bañados de saliva dulce que he bebido con celeridad. Jamás dices lo que quieres decir. ¿Por qué te inclinas emocionada cuando por medio de la palabra formo laderas invisibles para nuestro mundo? Nunca dices nada porque no sabes qué decir: tonta e ignorante. Pero me pierde este laberinto pequeñito que nuestros dedos forman todas las tardes. Vago por los dedos, entre las uñas me pierdo con el propósito de detener el tiempo y lo forzosamente necesario. Son mis laberintos, y jugamos con las manos: arriba, abajo, arriba arriba, abajo: tu sonrisa. Todo es un laberinto. Vivimos tan alejados; sé que siempre estás tan lejos porque quiero verte siempre y no apareces. Eres el fantasma de los poetas: quiero recrearte en una línea; tú no entiendes nada. Tu piel no es tersa, la más de las veces está empolvada; pero eres limpia. Eres limpia porque yo te despojo de la tierra y del polvo y del lodo. En cualquier forma imaginable, querida, te arrebato la tierra. Desde el fondo de tus pies subo, escalo los caminos cafés que me das, asciendo para juntar las nubes y llenarlas de agua y te baño. Tú quieres llorar cuando lo hago: en ti se recarga el peso de la historia, sientes culpa ¿por qué no ríes? ¿Por qué no eres feliz? No vas hablar nunca. Estoy contigo, siempre te escucho y me aburres, tus temas giran en rededor de los otros, pero qué importa (n) lo (s) demás. Está el parque. Mis manos te mecen, te aprietan los muslos, la carne tiembla, te estremece esto que se acerca, poco a poco me acerco, ando como sabueso, te busco y te encuentro llorando. Estás callada. Qué desagradable es mirarte tanto. Hay un perfume a natura que brota de tus cabellos; siempre en cada movimiento de tu cabecita, cuando la tomo entre mis manos y te acerco para besarte, tus millones de gruesas noches expulsan este aroma delicado, seductor. Y sin embargo te amo. No. No creo que te ame. Te amo. Yo estoy tan solo, querida. No puedo hablar con nadie porque me siento tan bruto. Cuánto tengo que fingir para tenerte conmigo, porque estoy solo. Nunca has probado la soledad, querida. Si no estuvieras no hablaría por días. Estoy tan solo. Simplemente tengo que buscarte y hay paz. Solo. Estás tú, pero te debo tener aquí, no debes irte. Sin embargo, estos deseos los he socavado tanto que ahora no existen: estoy solo con máculas nocturnas, en una habitación extraña, hosca y vacía, no me veo: no soy yo, un extraño al fondo del espejo. Solo. Entretanto, estás saciada de brazos, de mimos y odios, de colores, y yo estoy ahí sin que lo sepan: en el fondo de tus ideas vacías aparezco como la amenaza del invierno verde que tanto detestas. Ahora no puedes mirar a otros lados: la pausa de los niños. Horribles los puntos negros que brotan de tu frente, se ensanchan poco a poco, están cubriendo tu rostro, avanzan como hordas, te cubren. Esto es lo que eres y yo no me había detenido para notarlo. Estás ahora cubierta de ellos, ahí están. Se ciernen sobre tus tiernos pechos que ya no me atrevo a mirar; lánguidos pezones sin luz: oscuros soles. Toda tú eres una madrugada que cae. Sonrisa opaca. Ahora se me aparece, en medio de la transparencia del desamor, tu verdadero nombre: Luz Muerta. Luzmu Erta. Luz Mu Er Ta. Que camine el tiempo, que se rompa el hechizo. Quiero que te vayas de mi vida. Me das tanto miedo, toda tú. Y sin embargo, cuando te lancé hacia al cielo, para que te transformaras en nubes y te fueras con ellas, éste aún estaba preñado de luces; y tú, al ir bajando, todavía lo recuerdo, te enjugabas las lágrimas y girando y girando abrías las piernas para no estrellarte en el suelo, para aminorar el golpe y mi desdén; y tus faldas, siguiendo el orden natural del desencuentro, se hincharon formando un eclipse que llenó la ciudad de tinieblas azules y niebla espesa: ahora todo está tan oscuro y yo estoy ciego. Estoy caminando en la bruma. Me arrellano en consonantes, me apoyo en vocales: letras: en la “ce”  para que sea una curva gigante que dé vueltas y te corte la cabeza, pero, al volver a su forma original, te la devuelva; en la i, para que sea el tótem perfecto en donde todas las demás vocales y consonantes bailen, la escalen y desfallezcan en su rededor. Iré a empellones entre esos muros de vocablos que se niegan a combinarse para no formar un nombre, el tuyo. Pero ando a tientas, inseguro, abriéndome los ojos que no miran nada sino dos pozos negros que conducen hasta el centro de mis miradas: un trono en medio de la ciudad donde hay una casita en donde vives tú y yo no, hogar al que no puedo llamar a la puerta porque me lo impiden los cuadros que se pintaron en tu honor y que se exhiben para que todos se enteren que yo me estoy muriendo en mi cama, en desahucio porque me arrebataron toda la sangre. Te busco sin querer encontrarte: palpo todas las curvas, todas las piernas, todos los cabellos hirsutos me encadenan las manos, todos los dientes los arranco con violencia, todos los labios los escupo con el toque grácil de la mentira. Todo es igual. Insisto. Inclino mis manos hacia todos los edificios para encontrarte y que me mires; pero están fríos, pero están también vacíos y frágiles y se desmoronan cuando me alejo entre las ruinas, todas las mañanas, desconsolado. Insisto. Hay un largo corredor carmesí. En sus paredes cuelgan cuadros que imitan paisajes que no existen; rostros que he olvidado o voy a olvidar porque aún no los conozco; hologramas transparentes que cuentan una vida futura que consta de un solo muerto; al fondo, un retrato enorme: es un espejo, miro su movimiento que no me refleja, se desvanece, no hay nadie, no estoy aquí inmutado por el silencio. Insisto: regreso de rodillas por este pasillo anegado de recuerdos y providencias, estoy paralizado por este instante en donde nada existe, en donde no estás. Insisto. Despierto: ya no estarás a mi lado nunca más.

 

Encallar en negro

Tengo que quererte y gritarte que… No puedo. No puedo: se ahoga mi grito, cierra su camino la garganta; brotan gotitas de saliva. Tus ojos reverdecen más cuando me miras ¿no te lo dije nunca? Siempre son un par de luz tus ojos, pero cuando me ven centellean, explotan como un sol. Tus pestañas crecen mucho al postrarme yo ante ti, crecen tanto que le dan vuelta a tus párpados y te cubren la frente y siguen bajando por tu cuerpo, se deslizan por el suelo hasta acariciarme los pies. Y su toque es tan delicado que ni lo noto, pero de repente algo dentro de ti se agolpa y se acortan, vuelven a su posición original para llenarse de un rencor que nunca he entendido. Tú ni te das cuenta, yo lo sé. Sé tantas cosas de ti. No puedo. Hace unos momentos tu barba crecía tan necia, siempre es necia y se forman estrellitas negras: contraste perfecto; eres de leche o de nieve o de mármol o de vapor. Están naciendo siempre esas diminutas estrellas negras y a veces pienso que te comen la piel; abundantes como setitos negros. Qué silenciosa es tu barba. He intentado hacerle un sonido: ssst, ssst, ssst así como susurros, ese sonsonete haría a cada milisegundo en que se aferra a crecer. No te digo nada porque siempre te burlas de todo. Yo me siento tonta a tu lado; pero tú también eres un tonto. Quieres mostrarme todo lo que sabes, siempre fracasas porque no me importa demasiado. Tienes un interés sobre mí, quieres que te admire; me exiges tributo. ¿Por qué todo ese vuelco intelectual? ¿Para qué? No me importa, no me importa, yo sólo… Eres un necio, testarudo, cabezadura. Nacen de tus gruesos labios nombres y nombres, pero ¿y tú? ¿Hay una idea propia allí dentro? ¡Qué necio eres! Me sonrojan tus manos, tus jueguitos, tu pasión. Mis piernas siempre te esperan; tus manos ni lo imaginan y yo me tengo que callar, si hablo vas a pensar lo mismo que… No puedo. Decaigo tras tus caminatas de saliva sobre mí, me vengo abajo porque te amo y no te quiero lejos. Me ensalivas la espalda toda, y siento que es un lienzo mi espalda, un lienzo de cáñamo o de lino o de canela, y tu lengua es un pincel empapado por un color transparente: dibujas nuestros nombres, los entrelazas con la “Y”; trazas nuestros rostros en donde los ojos se rozan y, al encontrarse, atizan una fogata encendida hace muchísimo tiempo y que nació gracias a un terco frote de dos leños cortados de un árbol que tenía mil y un años y que hoy está muerto. Tengo que llorar, deseo ser tan mujer, ser tan tuya; lloro a pesar de alguna felicidad inmensa. Curiosidad detenida. Hay niños jugando alrededor de este parque que florece muy bonito cuando llueve, como todo, ¡pero qué tonta! Yo venía mucho por acá; venía y no nos conocíamos. Nadie es tan hermoso como tú. Nadie lo fue. ¿No entiendes que nunca fue igual? ¿De qué sirve todo esto? Los niños pequeños corren y los vemos, tú frunces el ceño, arrugas tu frente y te molestan sus vocecitas que son navajas que te cercenan los oídos; así son, ¿entiendes? No. Todo te molesta y te dejo solo, tú quieres estar solo, yo te estorbo. Me alejo: Vuelves. Me voy de puntitas: Llegas estruendoso. Todo es tan confuso contigo. Hay pasos que dar juntos, pero tú avanzas solo. Hace tanto tiempo venía aquí mismo sin ti. Las pláticas eran distintas: el mundo no era tan absurdo; la realidad no era oscura ni ligera; existían los otros, las personas, querido, sí existían y se podía construir un diálogo hasta con las copas de los árboles. En uno de estos deditos perdidos entre tus manos había un punto de luz que chispeaba esperanza: hoy no hay ningún horizonte. Eres difícil. Yo no quiero esto, querido. No. No puedo. Pero tú, tú… Es un terremoto mi pecho, se eleva hacia tus yemas en trémulos respiros: grasa tensa y dura, dos terroncitos de azúcar te llaman la atención y te endulzas las palmas de las manos y los dientes. Brinca (s) (n). Qué dulce es todo. Mis muslos se transforman en arena maleable y se acomodan a tus manos de animal llenas de garras melladas. Nos aloja la noche: dos fósforos iluminan mi rostro: son tus ojos que me aterran, tus ojos que van de arriba a abajo y se transforman en llamitas coloreadas de azul y de verde, de gris y de amarillo, de rojo y de blanco. Querido, ¿por qué no me llenas un dedito de futuro? Dame un ornato de fuego al contraste, querido. Eres pasión fugaz; todo se quiebra porque no estarás conmigo. Ahora, ahora, ahora: así piensas. Maldito necio. Me quieres contigo en miles de instantes independientes; yo no puedo. Daré un paso en reversa, hay alguien que me espera, puedo mirar atrás de nuevo. Tú no lo sabes ni lo imaginas ¿O sí? No puedo. Sí. Sí. Avanzaré hacia atrás y no estarás. Voy hacia atrás y hacia delante, voy a la mentira para que me agarre con toda su fuerza. Ahí encuentro a cadaveriz: loco de la vana esperanza. La mentira de Mendeville me grita y yo volteo en un tiempo que se abre, que no conoce diferencia entre mi ayer y mi mañana: ahí está mi cadaveriz desnudo para exorcizarme de los demonios que tú mismo creaste y que tú, con inocencia que rozaba con lo estólido, me depositaste entre los muslos. Cómo extraño mis futuros llenos de nostalgia cuando no te conocía y estaba tan limpia siendo en mi vida normal porque no debía pensar en nimiedades donde se hablaba de muertos y lo que dijeron y yo nada más me dejaba amar por la esperanza de mi piedrita en el dedo y yo estaba bien porque nada era difícil ni había fechas ni tonterías y la principal preocupación consistía en adornar nuestro hogar en el que tú no estabas ni estarás nunca porque no hay espacio para ti en nuestra cama colmada de sudor lacerante y de esa sangre que se derramó desde la casa de mi madre hasta aquí en mi hogar lleno de sombra y silencio y que huele a terebintina. Sangre que le di cuando me mutiló el corazón y tú no estabas, le di la sangre que se fue cayendo como clepsidra sagrada alrededor de mi cama, de su cama y de su amor mimético. Sangre negra. Sangre como una mancha famélica que se comió toda la ciudad por la que tú caminarás solo buscando respuestas y buscando mis ojos y buscando un haz de luz esparcido por la acera que imita mi figura y buscando también la ligera pared invisible que dividía mi niñez de un océano cruento que encalla en todos los edificios pintándolos de carmesí y buscarás sin saberlo semejanzas entre todas las mujeres del mundo en donde yo seré un espejo que no puede reflejar nada y cuyo único fin es retratar opacidad y gestos vacíos que repiten nuestros nombres como ecos infinitos, porque soy una oquedad. Qué tonto: tú no tienes la sangre ni el sudor ni el valor. Pobrequerido. Yo sé quién eres: cobarde. Yo sé adónde iré. Tú no estarás. Nada me detiene, ni esta pausa que, como bien lo has dicho, es una de las cosas más ridículas de la humanidad. Ssst, ssst, ssst, sigue creciendo tu barba y tú no estás ya porque tu nombre está vacío, porque tu nombre escrito con tinta roja no eres tú. Tu nombre es una manchita de semen en un rosal que limpié pasado-mañana en tres segundos o tres meses con una lágrima chiquitita. ♦